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jueves, 25 de septiembre de 2008

Luz y dolor

Una luz brillante en la fotografía no dejaba ver a la mujer en ella retratada. –Esas manchas salen cuando la persona trae una carga o un pesar encima- Le dijo el fotógrafo al hombre que pagó por que la tomara.

Era el baile de graduación y ni su hermoso vestido pudo hacerla sentirse feliz. El vals lo bailó con su hermano menor, pues el orgullo de su padre que no era precisamente ella, no lo dejó acompañarla. A mitad de la melodía un apuesto joven en traje negro interrumpió el baile preguntando -¿Me dejarías bailar con ella por favor? – Era el mismo que dos horas después pediría la fotografía.

-No pude convencerlo- Le dijo. Ella con su rostro que reflejaba una profunda tristeza asintió haciendo un gesto de gracias y le dijo – No esperaba que viniera, no te preocupes-

El dolor que tenía en el pecho era enorme, tanto cómo las ganas de llorar, pero aguantó. Y dicen los vientos de septiembre que sigue aguantando.

lunes, 26 de mayo de 2008

Ilé y Leina

En el valle del olvido se encontraba la doncella Ilé quien vivía paciente y tranquila, viendo pasar los días, había encontrado un poco de paz cuidando el hermoso jardín que la rodeaba, entre jazmines, azahares y rosas pasaba sin contar los días con toda la paciencia que jamás había tenido, no le quedaba otra opción más que esperar. En los linderos del este abundaban las parras de uvas, las cuales no podía comer pues las semillas de las uvas le provocaban una tremenda tos y comezón en la garganta, dichas parras marcaban el final de este valle y el inicio del valle de los moros, al lado oeste se encontraba el valle del hechizo y en la línea divisoria solo quedaban unas cuantas plantas con flores de gardenias y alelíes que habían crecido en el suelo entre las piedras, se veían maltratadas, como si alguien acostumbrara pasar repetidamente por el lugar sin ningún cuidado al pisar.

Ilé recordaba los hermosos días soleados en el valle de los moros, cuando estaba al lado de su amado, que aunque no era como ahora, no era paciente, ni tranquila, tampoco había encontrado la paz, pero si había encontrado el amor en Leina, un joven apuesto y valiente que le robó el corazón, que le iluminaba los pequeños pero expresivos ojos cada que le hablaba del inmenso amor que le tenía, los mismos que ahora estaban inundados por las interminables lágrimas pues extrañaba su olor, su calor y los abrazos que se prolongaban haciendo que ambos se olvidaran del tiempo. Ahora no podía moverse de este valle, pues si cruzaba al valle del hechizo ella se volvía agresiva, no media sus palabras, se volvía celosa, su mente se bloqueaba, era otra totalmente, hacía sentir mal a todos incluso y más que a ninguna otra persona a Leina.

En el valle de los moros ahora habitaba un adefesio de ogro, medía casi tres metros de altura y expelía unos insoportables olores, llegó de tierras lejanas en busca de humanos y más miel para poder comer, pero si atravesaba las parras de uvas, si pasaba hacia el valle del olvido, sus fuerzas se agotaban, se volvía pacífico y noble, entonces Ilé estaba a salvo. Cada que el desdichado ogro se acercaba al enjambre, las abejas lo atacaban desfigurándole aun más el horroroso rostro, así que también comenzó a alimentarse de sapos, culebras y cuando reptil pasara frente a él, pues los habitantes de ese valle huyeron apresuradamente a su llegada. La misma miel que comía el ogro, era la que el valiente Leina recolectaba cuando aun vivían ahí, encantando a las abejas para poder llevarle un poco a su hermosa Ilé, pero al llegar el horrible monstruo al valle, también tuvieron que huir, dejando toda comodidad y los abundantes alimentos que el valle les proporcionaba. Aunque no podían alejarse mucho pues cerca de una enorme montaña en el valle de los moros había una obscura y húmeda cueva, fuera de ella crecía un extraña planta llamada Eretid e Ilé necesitaba de sus flores, mejor dicho del polen que contenían estas flores para poder seguir respirando, le era necesario inhalar un poco todos los días y cada cierto tiempo cuando se le agotaba, ella se acercaba al valle del hechizo y con voz dulce pero fuerte llamaba a Leina, quien apresuradamente iba en busca de más flores sin importarle la amenaza latente que existía, no se atrevía a ir ella misma pues sabía que en aquella cueva era donde el horroroso ogro dormía, aunque necesitase inhalar ese polen, estaba consciente que si caía en las manos de ese ogro moriría casi de inmediato.

Leina vivía en el valle del hechizo, ahí él pasaba sus días cortando madera con su afilada hacha para construir casas y también para poder echarlas al fogón y calentarse pues a veces el frío era insoportable, estando dentro de ese territorio, él era todo un caballero, amable, amoroso en pocas palabras era un apuesto joven lleno de virtudes, pero al cruzar al valle del olvido, se volvía frio, calculador, controlador y orgulloso, haciendo sentir mal en contra de su voluntad a Ilé.

Cierto día Ilé se acerco al valle del hechizo pero antes de cruzar al otro lado, se detuvo pues ella sabía que al atravesar las gardenias y alelíes, su carácter sufría un repentino cambio, haciéndola enojar, desesperar y siendo hiriente en cada una de sus palabras, por tal razón al querer dar el paso para estar del otro lado regresó su pequeño pie, el cual estaba cubierto por una fina zapatilla de piso color plata que ya desgastada aun servía para proteger su pie de las espinas.

-¡Leeeinaaa!- Gritó Ilé con la esperanza de que su amado atendiera pronto al llamado. Pero no fue así, las marchitas flores que aun tenía para respirar el polen se le agotaban. -¡Leeeeinaaa, mi amooor!- El apuesto joven no atendió al llamado, pasaron tres días, en los cuales se agotaron las flores, hasta que por fin Leina escuchó los gritos de Ilé y apresuradamente se acerco al valle del olvido donde Ilé le dijo: -Leina, amor mío, las flores del eretid se me han agotado, no me queda una sola. –Pero mi amor- Respondió Leina con voz amable –Te he dicho que antes de que se agoten vengas a buscarme para que no pases ni un solo momento sin ellas-

-Es lo que he hecho- Dijo Ilé muy tranquila – He venido a buscarte tres días y tres tardes seguidas, estando aquí gritándote con todas mis fuerzas pero hasta hoy has atendido mi llamado-

-Te ofrezco una disculpa, he estado construyendo algunas casas en el lado este del valle y me he ocupado mucho en eso, se me han pasado los días rápidamente, pero he ganado muchas monedas para comprarte un lindo vestido y zapatos nuevos.- Respondió Leina entusiasmado.

-Muchas gracias- Dijo ella – ¿Podrías ir ahora mismo a traer más flores? Sé que es un gran riesgo, pero confío que una vez más regresarás con bien, no te lo pediría, pero en verdad necesito ese polen-

-Por supuesto- Dijo el joven apresuradamente – Iré por mi caballo y las traeré lo más pronto posible.

Ilé se sentó en un tronco cerca de las maltratadas flores que dividían los valles, viendo como su apuesto caballero iba en busca de su corcel, quien en unos cuantos minutos regresó cabalgando y sin dudar un momento cruzo al valle del olvido.

-Iré en busca de ese polen- Dijo Leina con voz fuerte y en tono de coraje – Burlaré una vez más a ese monstruo y lo haré por ti mi amada Ilé- Encajó las espuelas de sus botas en el hermoso corcel alazán, quien relinchando salió a toda velocidad hacia el valle de los moros.

Cerca de las parras de uvas, Leina ató al caballo, trepó por ellas y se fue caminando en busca de las extrañas flores. Estando ya dentro del valle de los moros, recordó las tardes junto a Ilé paseando por esos jardines que ahora lucían escalofriantes y tenebrosos. Corrió hacia la cueva, cortó todas las flores ya abiertas, las metió en su morral y se apresuró a salir de ahí, brincó una vez más las parras de uvas, montó en su caballo y salió a toda velocidad hacia donde estaba Ilé.

-Listo, he traído las flores para ti y espero que la próxima vez me avises con más tiempo, creo que tres días no son suficientes como margen para que se terminen, la siguiente vez quiero que me avises una semana antes- Ordenó Leina a Ilé - ¿Quedó claro?- Y cruzó al valle del hechizo.

-Claro que si- Respondió Ilé titubeante y a punto de llorar - Lo que tú digas, pero ¿por qué te vas así? No te he visto en días y ahora solo me dejas las flores y te vas ¿Qué pasa?

Leina respondió en un tomo mucho más amable y suave del que utilizó para dar la orden -No pasa nada Ilé, tengo que seguir trabajando ¡entiéndeme por favor!-

Entonces Ilé cruzo al valle del hechizo y Leina le dijo – No hagas eso Ilé, tú decidiste quedarte allá, sabes lo que ocurrirá si atraviesas el límite-

-Sé perfectamente lo que ocurrirá- Le respondió ella en tono fuerte y molesto caminando hacia él – ¿Y sabes qué? ¡No me importa! ¡Estoy cansada de venir a buscarte cada que te necesito y tú atiendes mis llamados hasta que te viene en gana! ¡Estoy harta! ¡Estoy cansada de esto!-

-Pero Ilé, tu sabes muy bien nuestra situación- asintió Leina en tono amable –No podemos vivir de otro modo, tú lo decidiste así amor, yo solo hago lo que tú me dices-

-No Leina, no- Dijo ella muy molesta –Si fueras taaaan valiente como todo el mundo dice que eres, si me amaras un poquito de lo mucho que presumes, ¡ya nos hubiéramos largado de aquí! ¿Dónde está todo el amor que dices tenerme? Si me amaras en realidad iríamos en busca de otro valle, donde exista la planta del eretid con sus flores para que yo pueda seguir respirando, un valle donde haya mucha madera para que construyas nuestro hogar y todas las cosas que desees, un valle con jardines y comida variada…

-Ilé mi amor, tú sabes que eso es muy riesgoso-

-No me importa, si fueras valiente ya me hubieras llevado lejos contigo- Interrumpió Ilé gritándole a Leina- ¿Dónde está el disque amor que dices tenerme?- Dio la media vuelta y cruzó al valle del olvido, entonces Leina la siguió, cruzo también y la tomó de la cintura jalándola hacia el valle del hechizo.

Ella le pedía: – ¡Por favor Leina suéltame, déjame ir!- pero él no hacía caso a su petición y seguía jalándola. Estando ya casi en medio de los dos valles a punto de cruzar hacia el valle del hechizo, pisando ambos una planta con flores de alelíes, Ilé le suplica: -¡Por favor Leina, no vuelvas a utilizar tu fuerza conmigo!- Dan unos cuantos pasos más, quedando cada uno en su valle, él recapacita y la suelta, Ilé seca sus lágrimas, se ven a los ojos, él da tres pasos hacia atrás y le dice: -¡El amor que te tengo está en tus pulmones!...

miércoles, 20 de febrero de 2008

Mi ángel

Hace algunos años, más o menos como 21, había una pequeña niña con apenas tres añitos de nombre Amy. Ella se encontraba recostada en su cama pues tenía bastante temperatura, estaba cubierta por una cobija que apenas dejaba descubierto su rostro y su frente que estaba muy sudada. Su madre muy angustiada constantemente iba a revisar como seguía, pero la niña no tenía mejoría alguna, seguía con la temperatura alta, eso sumado a los medicamentos, la mantenían muy adormecida.

La madre de la pequeña cada que tenía oportunidad comentaba que la nena había empezado a pronunciar sus primeras palabras a los nueve meses de nacida, aunque en aquel tiempo era difícil entenderle, ya a los tres años hablaba casi correctamente, pronunciaba bien casi todas las palabras.

Pasaban las horas y la temperatura no cedía, la madre quien casi no se separaba de Amy, se encontraba en la cocina preparando la cena, mientras la niña seguía con temperatura, eso ya era algo alarmante.

Del lado izquierdo, la cama estaba mojada por el sudor de Amy, sus cabellos estaban húmedos, aunque tomara agua sus labios estaban secos, hacían que se viera mas enferma, mas frágil, la deshidratación era notoria.

De pronto sintió una presencia a su lado y entre abrió los ojos, volteó al lado izquierdo y pudo percibir que a un lado de ella, a un lado de la cama, se encontraba de pie una joven mujer, con vestimenta blanca, una especie de camisón o bata para dormir, de tela suave que se movía con mucha facilidad, era un blanco impecable, reflejaba mucha luz; el rostro de la mujer transmitía mucha tranquilidad, paz, confianza, era hermosa, de rasgos finos, muy blanca, cabellos rubios, largos, que enmarcaban perfectamente su angelical rostro.

Con voz suave le dijo a la pequeña, -“No temas, no te haré daño”, Amy le preguntó –“¿Quién eres?” Y la mujer le respondió -“Me llamo Priscila, cierra tus ojos”
Amy obedeció, Priscila puso su hermosa y delicada mano en la frente de la pequeña quien sintió una sensación inexplicable, algo muy fresco sobre su frente, vio luz aun con los ojos cerrados, dio un fuerte suspiro y al abrirlos, Priscila ya no estaba, se había marchado, pero Amy supo que todo estaba bien, intuyó que nadie sabía que Priscila había entrado a su hogar esa noche, ¿Cómo lo supo?, simplemente lo supo…

Fue a la cocina donde se encontraba su madre y le dijo –“Tengo hambre” La señora se quedó boquiabierta y le dijo mientras le tocaba la frente –“Hace un momento fui a verte y estabas ardiendo en fiebre”, Amy le respondió –“Si pero Priscila me curó y tengo mucha hambre” La señora aun mas sorprendida le preguntó quién era Priscila y Amy se apresuró a contarle los detalles.
-“Ah pues Priscila es una muchacha muy bonita, de cabello largo y rubio, tenía un vestido blanco y se veía mucha luz a su alrededor, me curó y ahora tengo mucha hambre, ¿Me puedes dar algo de cenar? ¡Por favor!”

La abuela paterna de Amy es rubia, entonces su madre le preguntó –“¿De casualidad no era tu abuelita Elisa?” Amy respondió –“¡Que no mamá! Ya te dije que fue Priscila, ella me curó, puso su mano en mi frente y cuando abrí los ojos ya no estaba, ahora tengo mucha hambre”
La señora estaba cada vez mas sorprendida de la historia que contaba Amy pues esta sonaba muy real, muy convincente, más porque, ¿De dónde una niña de tres años iba a inventar esa historia?, más un nombre complicado y poco común como el de Priscila. Se apresuró y le dio algo de cenar.

Pasaron los años y Amy recordaba casi a la perfección el acontecimiento, ella no sabía que el nombre de Priscila era real, hasta que lo escuchó en la radio, quedó muy sorprendida pero años más tarde conoció a una chica con ese nombre y varios años después conoció a otra chica más llamada así.

Amy está consiente que su experiencia es poco creíble, pero ella la cree, la vive, la piensa cada que lo desea, se conmueve tanto si hace el esfuerzo por recordar a detalle lo que pasó aquella noche que se llena de emoción y las lágrimas la invaden. Ella está convencida que Priscila es su ángel de la guarda, que en muchas ocasiones ha intervenido por ella, la ha salvado y que siempre la acompaña. Está convencida de que Priscila va con ella a todos lados y agradecida enormemente con Dios por enviarle al mejor Ángel de la guarda, ¿Y por qué es el mejor? Porque es el que la cuida a ella.